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Dejan todo por amor a Dios

Por Sandra Torres Guzmán

Para El Regional

  Viven de la caridad, comen de lo que les lleva la gente y no salen del monasterio, a menos que tengan una cita médica.

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   De lo contrario, deben recibir un permiso especial desde el Vaticano. Incluso, para ir al supermercado o ejercer cualquier otra tarea en el exterior.

   Así es el estilo de vida de las monjas que habitan en algunos monasterios de Puerto Rico, unos de clausura papal, otros de carácter diocesano, fundados por las respectivas diócesis de la Iglesia Católica en el país.

DSCN1476 arreglada   Es la vida que escogieron las Hermanas Clarisas en el Monasterio Santa Clara de Cidra, quienes entraron a una comunidad religiosa a donde no tienen contacto directo con sus respetivas familias, ni con la comunidad. Solo a través de aquellos que las visitan o se contactan por teléfono para pedirles que intercedan por ellos.

   Otros llegan para llevarles comida.

“Nosotras somos muy felices aquí, alabando al Señor todos los días con el resto (de la congregación)”, confesó la monja peruana sor María Bernarda de la Virgen de Lourdes.

   De hecho, esta orden proviene de Lima en Perú, de donde actualmente pertenecen ocho de las 10 monjas que habitan en el monasterio de clausura papal.

   Según la hermana Imelda de la Eucaristía, “este monasterio fue construido solo con limosnas. Ningún banco se atrevió a hacernos un préstamo porque nosotros somos pobres, vivimos de la Divina Providencia, y fue la gente que nos daba lo que podía.

   “Aquí se han visto milagros patentes en esta obra, que es de Dios, estamos convencidas de eso, bajo la protección de San José”, agregó sor Imelda quien lleva dos décadas en Puerto Rico. Por eso afirma que aunque viene de la selva del Perú se siente puertorriqueña.

   Uno de los aspectos más duros durante la construcción del monasterio es que estas hermanas no tocaban ni un centavo, ni siquiera para comer. Prefirieron pasar hambre antes de tener que desviar las limosnas que estaban destinadas para la obra.

   Y así viven, confiando en que el pan para alimentarse llegará, aunque tengan el plato vacío. Incluso, recordaron que un día sabían que no había comida y aún así bendijeron agua caliente, que fue lo único que había en el monasterio.

   “De momento tocan la campana y cuando fuimos a ver no había nadie, pero en la puerta dejaron unas bolsas con pan calientito, jamón, queso, leche, jugo. Todo para desayunar”, relató sor Imelda.

   Pero no todo es orar. Estas hermanas también juegan fútbol durante el tiempo de recreo y en la Pascua. Si, en el mismo monasterio de donde no pueden salir.

   “Uno se enamora de Jesús con todo lo que es. Quiero ser santa como soy yo, pero sigo jugando bowling, sigo practicando fútbol en los días de recreo, en la tarde de Pascua, entre hermanas jugamos, hacemos chistes, y comedia también”, señaló.

   “Algunas bailan, pero yo no. Cuando repartieron la gracia del baile a mi no me tocó”, dijo sor Imelda entre risas.

   De acuerdo a las Hermanas Clarisas, la muchacha que esté interesada en ser parte de esta congregación debe conocer que al monasterio no puede llevar ni celular, ni computadora, tampoco a su mascota. Nada.

   Y tener el firme deseo de consagrarse en la vida religiosa despegándose hasta de su familia.

   “Primerito que debe ser fuerte, porque la vida religiosa es bien sacrificada, pero de mucha alegría porque nuestro ser, nuestro cuerpo, nuestra vida le pertenece a Dios. Nos casamos con papito Dios”, recalcó.

  Y es así. Tanto que cuando se enfermó una de las hermanas mayores tuvieron que pedir permiso papal para ir al supermercado y conseguir los alimentos para esa dieta especial.

   Otro de los monasterios en la Isla es la Casa Monástica María Madre de la Iglesia, de la congregación Hijas de Santa María Madre de la Ternura ubicada en Caguas. Esta comunidad fue cofundada el 25 de diciembre de 2001, por ocho religiosas y el entonces obispo de esa diócesis, Rubén Antonio González quien es ahora el Obispo de Ponce.

   Allí las religiosas no están en clausura total, sino que su congregación representa una nueva modalidad de vida contemplativa con intercesión y oración, de puertas abiertas.

   “Nosotras salimos (del convento), participamos de algunas actividades de las actividades de nuestra diócesis, pero también compartimos con nuestras familia. Una vez al año vamos pasamos varios días con nuestra familia y también con nuestras amistades”, reveló la hermana Tannia María Arroyo Lebrón, una maunabeña que entró a la comunidad religiosa en el 2012.

   Al entrar a la congregación, las Hermanas de la Ternura permanecen con su nombre de pila, y reciben como segundo nombre el de María. Mientras dejan atrás su vida, familia, amigos, profesiones, todo, por dedicar el resto de sus días a Dios.

   “Cuando te enamoras lo dejas todo, y yo me enamoré del Señor. Uno no sabe cómo explicarlo, es un fuego que tienes por dentro y solo el que lo vive lo puede entender”, manifestó la hija de Roberto Arroyo y Victoria Lebrón.

  “Tengo la bendición de venir de una familia bien comprometida en la Iglesia, mis padres son Hermanos Cheo, y desde pequeña, tenía esta inquietud. Mis padres no se sorprendieron, quienes quizá se sorprendieron fue mi hermana, mis tíos y mi abuela que cuando se enteró me dijo ‘eso no te relajo, tienes que estar segura de la decisión”, agregó sobre su abuela Teófila.

Junto a Tannia María, conviven otras hermanas como Patria Rodríguez, Melissa Núñez, Karla Torres, Olga Maldonado, Teresita María Aponte y Sonia La Luz.

Desde que se levantan en la madrugada hasta la hora de dormir, estas monjas cumplen con una vida contemplativa al amparo de la Virgen Madre de la Ternura, escuchando la Palabra de Dios “para hacer vida el mandato del amor”.

Igualmente en Aguas Buenas, las Hermanas de la Divina Misericordia experimentan su amor a Dios a través la contemplación eucarística mariana. Estas religiosas tampoco viven en clausura total, pero solo salen a la calle por necesidad.

“Es vivir en el silencio y la sencillez de ir conociendo la misericordia del Señor, amándola y expresándola a través de nuestra vida cotidiana”, sostuvo la hermana Miriam, una de tres religiosas que pertenecen a esta orden.

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